La muerte tiene sus cosas

La muerte tiene sus cosas

La muerte es un hecho. Es lo único seguro con lo que contamos desde el momento en que nacemos, podemos ser pobres, ricos, hacer tal o cual carrera, ser guapos, feos, vivir en un país u otro, ser un barrendero  o el presidente de una nación…pero lo único absolutamente seguro es que vamos a morir.

Para ser un hecho tan irrefutable e ineludible, le prestamos poca atención, es más,  solemos ignorarlo, y siempre pensamos que “eso”, le pasará a otros.

Hay quienes incluso se niegan a hablar de ello, piensan o creen que por el solo hecho de mencionar el tema, éste se manifestara en sus carnes o en algún allegado de forma repentina.

Pero el hecho de la muerte, es el “vivo” ejemplo de que por más que ignoremos “algo”, “ese algo” no desaparece. Solo se ausenta temporalmente de nuestra consciencia. Pero sigue estando y sucediendo.

¿Pero de donde viene ese miedo atávico por la muerte? ¿Realmente le tememos a la muerte en sí? O hay algo más detrás…

Si indagamos un poco, en realidad a lo que le tememos es a lo desconocido, al sufrimiento, al extinguirnos, al desaparecer…

Pero…para esos miedos ya contamos con las “explicaciones” que dan las religiones y filosofías;  de vidas mejores, nuevas existencias, paraísos, etc.

Todo esto para el que cree en algo, ¿pero el agnóstico, teme a la muerte? , también. ¿Y entonces, a que tememos en realidad?

Ni más ni menos que a lo desconocido y al sufrimiento. Al sufrimiento porque venimos genéticamente predispuesto para acercarnos al placer y alejarnos del dolor y lo desconocido nos crea un contexto de duda, de no control, de incertidumbre…

Este si es un miedo atávico, ancestral, de hecho somos seres territoriales, posesivos, como la mayoría de animales. Y para paliar este miedo, hemos desarrollado la creencia de que si poseemos algo lo conoceremos y por ende lo dominaremos, esto nos hace sentirnos seguros…

Por eso queremos “tener” para poder “ser”. Tengo una casa: soy propietario. Tengo un trabajo: soy productivo. Tengo dinero: soy feliz, Tengo un rostro lozano: soy joven, tengo, tengo y tengo…nos definimos en lo que tenemos.

Y tanto tenemos… que un día llega la muerte, nos arrebata todo lo que teníamos y nos sobreviene “el que ya no Somos”, “el no Ser”. Vivimos escapando, mejor dicho intentando escapar de la muerte constantemente, no queremos que nada nos recuerde a que la muerte nos está rondando, que es nuestra compañera muda que un día nos dirigirá la palabra para decirnos: “ven”.

Este es el punto álgido donde surge el miedo a la muerte, por ello las culturas que se han desarrollado en el “Ser” y no en el “tener”, no solo no temen a la muerte, sino que la celebran cuando curre, ya que es sinónimo de renovación y de cambio.

Y esto nos afecta en otros planos de nuestra vida, ¿Qué es un divorcio? ¿Qué es un cambio de vida? ¿Qué es el fin de una amistad?…etc. son muertes también, son cosas que se acaban y muchas veces nos resistimos a que algo se termine, incluso cuando ya no da más de sí, solo por el hecho de “tener” y no perder; y seguimos teniendo cosas que ya no nos sirven, incluso que nos perjudican. Muchas veces seguimos viviendo con relaciones, trabajo, amistades, situaciones, realidades, etc. cadáver,  que nos resistimos a dejar por el sufrimiento de la pérdida primero y “el que vendrá” de después.

Mientras sigamos basando nuestra existencia y nuestra razón de ser en el “tener”, el sufrimiento será un compañero de viaje de esta vida del cual no podremos desprendernos, mientas que si basamos nuestra vida en el “Ser”, todo cambia, cambia de tal manera que incluso la muerte, en todas sus facetas, se transforma en el gran maná de nuevas experiencias y oportunidades de renovación.